NO DEJES ENDURECER TU CORAZÓN


Al iniciar el Salmo 95 el salmista hace un llamado a alabar a Dios y darle gracias (Salmo 95:1-2). Él era el único Dios verdadero y ellos eran Su pueblo (Salmo 95:3, 7); por lo tanto, iban a "adorar e inclinarse" ante Él (Salmo 95:6).


Venid, aclamemos alegremente a Jehová; 

Cantemos con júbilo a la roca de nuestra salvación. 

Lleguemos ante su presencia con alabanza; 

Aclamémosle con cánticos. 

Salmos 95:1–2 VRV60


Sin embargo, como el pueblo de Dios del AT, Israel debía hacer algo más que sólo alabarlo. También tenían que obedecerle. Como ejemplo, el salmista menciona a aquellos que fueron sacados de Egipto, quienes endurecieron sus corazones, probaron a Dios y así fueron impedidos de entrar en la tierra prometida (Salmo 95:8-11).


Porque si Josué les hubiera dado el reposo, no hablaría después de otro día. Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios. Porque el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas. Procuremos, pues, entrar en aquel reposo, para que ninguno caiga en semejante ejemplo de desobediencia.

Hebreos 4:8–11 VRV60


El escritor a los Hebreos cita el Salmo 95 y el ejemplo de los israelitas como una lección para nosotros también (hijos e hijas de Dios), el pueblo de Dios del NT (Hebreos 3:7-4:11). Al igual que ellos perdieron la tierra prometida, nosotros podríamos perder el descanso prometido del cielo "siguiendo el mismo ejemplo de desobediencia" (Hebreos 4:11).


Venid, adoremos y postrémonos;  

Arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor. 

Porque él es nuestro Dios; 

Nosotros el pueblo de su prado, y ovejas de su mano. 

Si oyereis hoy su voz, 

No endurezcáis vuestro corazón…

Salmos 95:6–8a VRV60


¿Sabes?, necesitas hacer algo más que sólo reconocer a Dios y alabarlo. Todos debemos "oír Su voz" (Salmo 95:7) y seguir Su voluntad para alcanzar Sus promesas. Entonces, no endurezcas tu corazón, no dejes que suceda. Dios es digno de nuestra alabanza y de nuestra obediencia. Si no quieres que Él te rechace, no debes rechazarlo.


El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero. Porque yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar. Y sé que su mandamiento es vida eterna. Así pues, lo que yo hablo, 

lo hablo como el Padre me lo ha dicho. 

Juan 12:48–50 VRV60


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